4. El método de la prueba y el error
Los empresarios y capitalistas nunca saben de antemano si sus planes distribuyen en la forma más conveniente los distintos factores de producción entre las diversas producciones posibles. Sólo a posteriori constatan si acertaron o no. En otras palabras, recurren al método denominado de la prueba y el error para atestiguar la idoneidad económica de sus operaciones. ¿Por qué, se preguntan algunos, no ha de poder el director socialista orientarse aplicando idéntico procedimiento?
El sistema de la prueba y el error únicamente puede aplicarse cuando indicaciones evidentes, ajenas e independientes del propio método empleado, permiten constatar sin lugar a dudas que ha sido hallada la solución correcta a la cuestión planteada. Si pierdo la cartera, la busco por distintos lugares. Tan pronto como la encuentro, la reconozco y ceso en la búsqueda; he aplicado, con éxito, el método de la prueba y el error; he resuelto, gracias al mismo, mi problema. Ehrlich, pretendiendo hallar un remedio contra la sífilis, ensayó centenares de productos. Quería dar con un fármaco que matara las espiroquetas sin perjudicar al paciente. La solución correcta, la droga 606, cumplía ambas condiciones, cosa fácilmente comprobable en la clínica y en el laboratorio. El gran investigador había resuelto el problema.
Las cosas cambian completamente si la única prueba de la solución correcta es que se ha alcanzado mediante la aplicación de un método considerado apropiado para la solución del problema. El producto de multiplicar un número por otro sólo podemos estimarlo exacto constatando si ha sido rectamente practicada la operación matemática del caso. Nada nos prohíbe intentar adivinar el resultado mediante la prueba y el error. Pero, al final, sólo practicando la oportuna multiplicación, constataremos si acertamos o no en nuestra adivinación. Si nos hallamos en la imposibilidad de formular la operación, de nada nos serviría el método de la prueba y el error.
Podemos, si tal nos place, considerar como de prueba y error el método empresarial; pero en tal caso no debemos olvidar que el empresario puede constatar lo acertado de sus actos comprobando si los beneficios de la operación son superiores a los costes de la misma. Las ganancias le indican al empresario que los consumidores aprueban sus operaciones; las pérdidas, por el contrario, que el público las recusa.
El problema del cálculo económico bajo un régimen socialista precisamente estriba en que, no existiendo precios de mercado para los factores de producción, resulta imposible decidir si ha habido pérdida o si, por el contrario, se ha cosechado ganancia.
Podemos suponer que en la sociedad socialista existe un mercado para los bienes de consumo, a los cuales se aplican precios monetarios. Podemos imaginar que el jerarca económico, periódicamente, entregaría a los miembros de la comunidad determinadas sumas dinerarias para que con ellas compraran esos bienes de consumo que serían entregados a quienes más caros los pagaran. O, igualmente, podemos imaginar que los bienes de consumo producidos se distribuyen entre la gente, la cual los intercambia libremente utilizando determinado medio común de intercambio, es decir, un hipotético dinero. Pero lo característico del sistema socialista es que un solo ente, en cuyo nombre actúan los demás subjefes y directores, controla todos los bienes de producción, que ni son comprados ni vendidos, y que por tanto carecen de precio. Siendo ello así, es claro que no es posible contrastar mediante operaciones aritméticas las inversiones efectuadas con los rendimientos conseguidos.
No afirmamos que el cálculo económico capitalista garantice invariablemente la óptima distribución de los factores de producción entre las diversas producciones posibles. Los mortales somos incapaces de resolver con tan absoluta perfección ningún problema. Pero lo que sí asegura el funcionamiento del mercado, cuando no se ve saboteado por la fuerza y la coacción, es que a los asuntos económicos siempre se dará la mejor solución permitida por el estado de la técnica y la capacidad intelectual de los más perspicaces cerebros de la época. Tan pronto como alguien advierta la posibilidad de dar otra orientación mejor1 a la producción, el propio afán de lucro inducirá al interesado a practicar las oportunas reformas. Los resultados prósperos o adversos patentizarán si el plan era acertado o no. El mercado libre continuamente pone a prueba a los empresarios y elimina a los que flaquean, situando al frente de los negocios a quienes mejor han sabido satisfacer las más urgentes necesidades de los consumidores. Sólo en este importante aspecto podemos considerar la economía de mercado como un sistema de prueba y error.
Footnotes
Por «mejor», naturalmente, queremos decir más satisfactorio desde el punto de vista de los consumidores.↩︎