3. La compensación por variación de precios como componente del interés bruto de mercado
El dinero sería neutro si las variaciones de origen dinerario registradas por el poder adquisitivo de la moneda afectaran a los precios de todas las mercancías y servicios al mismo tiempo y en la misma proporción. Sobre la base de un dinero neutro, podría pensarse, siempre y cuando no hubiera pagos aplazados, en un tipo de interés también neutro. En el caso de existir pagos aplazados —dejando aparte la condición empresarial del acreedor y el correspondiente componente empresarial que, en consecuencia, incluye el interés bruto—, las posibles variaciones del futuro poder adquisitivo del dinero deberían preverse en las estipulaciones contractuales. El principal del crédito habría de ser periódicamente incrementado o disminuido con arreglo a un módulo porcentual que reflejaría los cambios del poder adquisitivo de la moneda. Al variar el principal, cambiaría también la base de cálculo del interés. Por lo tanto, ese interés sería neutro.
Con un dinero neutro, se podría neutralizar el tipo de interés por otro camino, siempre y cuando las partes pudieran prever con toda precisión las ulteriores variaciones del poder adquisitivo del dinero. En efecto, podrían estipular un interés bruto compensatorio de tales cambios mediante la aplicación al mismo de determinado porcentaje de aumento o la reducción del tipo de interés originario según procediera. Tal resarcimiento es lo que denominamos compensación —positiva o negativa— por variación de precios. En el caso de una pronunciada deflación, la compensación negativa por variación de precios (negative price premium) no sólo podría absorber íntegramente el tipo del interés originario, sino incluso llegar a hacer negativo el interés bruto, el cual vendría entonces representado por una suma que, lejos de ser cargada, sería abonada al deudor. Calculada correctamente esa compensación, ni acreedor ni deudor se verían afectados por las posibles variaciones del poder adquisitivo de la moneda. El interés sería neutro.
Sin embargo, todos estos planteamientos no sólo son imaginarios, sino que además no pueden llevarse a sus últimas consecuencias sin incurrir en evidentes contradicciones lógicas. Dada una economía cambiante, el interés nunca puede ser neutro, pues no existe en ella un tipo uniforme de interés originario; sólo una tendencia que apunta hacia tal uniformidad. Antes de que se alcance ese tipo final, el constante cambio de las circunstancias del mercado desvía el movimiento de los tipos de interés que pasan a tender hacia tipos finales distintos. Donde todo es cambio y variación no puede establecerse ningún tipo de interés neutro.
En nuestro mundo real, todos los precios fluctúan y los hombres tienen que acomodar sus actuaciones a tales transformaciones. Precisamente porque prevén cambios de los que pretenden obtener un beneficio, los empresarios se entregan a sus actuaciones mercantiles y los capitalistas modifican sus inversiones. La economía de mercado es un sistema social que se caracteriza por el predominio de un permanente empeño de mejora. Los individuos más emprendedores y providentes buscan el lucro personal readaptando continuamente la producción, para atender del modo mejor posible las necesidades de los consumidores, tanto las que éstos ya sienten y conocen como aquellas otras que todavía ni siquiera han advertido. Estas actuaciones especulativas revolucionan a diario la estructura de los precios y provocan las variaciones en el interés bruto de mercado.
Quien prevé el alza de determinados precios aparece en el mercado de capitales buscando créditos, dispuesto a pagar intereses superiores a los que abonaría en el caso de presumir un alza menor o la ausencia de toda subida de precios. Por su lado, el prestamista, cuando supone que va a producirse semejante encarecimiento, sólo otorga créditos si el interés bruto de mercado también sube por encima del que prevalecería en una situación en la que no se previera alza alguna o sólo una menor. No le asustan al prestatario esos superiores intereses si considera su proyecto de tal rentabilidad que piensa poder soportar fácilmente ese mayor coste. El prestamista no concede crédito, sino que aparece en el mercado como empresario y comprador de mercancías y servicios, si el interés bruto no le compensa por los beneficios que de esta forma podría obtener. La previsión de un alza de los precios desata una tendencia al encarecimiento del interés bruto de mercado, mientras que un presumido descenso de aquéllos desata una tendencia a la baja del interés. Si los cambios esperados en la estructura de los precios se refieren sólo a un grupo limitado de bienes y servicios, y son compensados por los cambios en sentido contrario de los precios de otros bienes, como sucede cuando no existen cambios en la relación monetaria, ambas tendencias se equilibran más o menos. En cambio, si la relación monetaria varía sensiblemente y se prevé un alza o una baja general de precios, una de ellas prevalece. Entonces se incorpora a toda transacción en que haya pagos aplazados una compensación específica —positiva o negativa— por variación de precios1.
El papel de esta compensación en una economía cambiante es distinto del que le corresponde en el hipotético e impracticable esquema que expusimos anteriormente. Nunca puede anular enteramente, ni siquiera en la esfera crediticia pura, los efectos de los cambios registrados por la relación monetaria; no es capaz de generar tipos de interés enteramente compensatorios. No puede neutralizar la fuerza impulsiva propia del dinero. Aunque todos los interesados conocieran plena y exactamente las modificaciones cuantitativas registradas por las existencias de dinero (en sentido amplio), así como las épocas en que tales variaciones habrían de producirse y las personas que, en primer término, habían de ser afectadas, no por ello podrían llegar a saber de antemano si la demanda de dinero —para su tenencia a la vista— iba a variar ni, en todo caso, la magnitud de tal variación, ignorando igualmente la época y la cuantía en que cambiarían los precios de las diversas mercancías. La compensación por variación de precios podría contrabalancear los efectos que en materia crediticia provocan los cambios de la relación monetaria, sólo si dicha compensación apareciera antes de producirse las variaciones de precios provocadas por la cambiada relación monetaria. Para ello sería preciso que los interesados calcularan de antemano la época y proporción en que iban a producirse las variaciones de precios en las mercancías y servicios que directa o indirectamente afectan a su bienestar. Tales cálculos, en nuestro mundo real, no pueden efectuarse, pues su práctica exigiría un conocimiento pleno y perfecto del futuro.
La compensación por variación de precios no es el resultado de una operación aritmética por la que se pueda suprimir la incertidumbre del mañana, sino que surge de la idea que los promotores se formen de ese futuro y de los cálculos que formulen sobre esa base. Va paulatinamente tomando cuerpo a medida que, primero, unos pocos y, después, cada vez mayor número de personas advierten que el mercado se halla bajo los efectos de una variación en la relación monetaria de origen dinerario, variación que ha desatado una específica tendencia en los precios. Sólo cuando la gente comienza a comprar o a vender al objeto de lucrarse de esta tendencia se produce la compensación por variación de precios.
Conviene observar que dicha compensación es fruto de las especulaciones que anticipan los cambios en la relación monetaria. Lo que la induce, en el caso de que se sospeche el inicio de una tendencia inflacionaria, son los primeros signos de ese fenómeno que luego, al generalizarse, se calificará de «huida hacia valores reales» y, finalmente, provocará el cataclismo económico y la desarticulación del sistema monetario afectado. Al igual que sucede con toda previsión de circunstancias futuras, tales especulaciones pueden resultar erradas; es posible que se detenga o se reduzca la actividad inflacionaria o deflacionaria y que los precios sean distintos a los previstos.
Esa incrementada propensión a comprar o vender que genera la compensación por variación de los precios afecta, por lo general, más pronto y en mayor grado al mercado crediticio a corto plazo que al mercado a largo plazo. Cuando así sucede, los préstamos a corto plazo registran, en primer término, la compensación y es sólo después, por la concatenación que existe entre todas las partes del mercado, cuando aquélla se traslada al mercado a largo plazo. Pero también puede suceder que la compensación aparezca en estos últimos préstamos con total independencia de lo que acontezca con los de corto plazo. Cuando todavía existía un activo mercado internacional de capitales, esto acontecía frecuentemente. Los prestamistas tenían confianza en el inmediato futuro de determinada valuta; no exigían, pues, compensación alguna, o sólo una muy reducida, en el caso de créditos a corto plazo. Pero el futuro más remoto no era tan halagüeño y, por lo tanto, en los correspondientes créditos se incluía una compensación por variación de precios. Por lo tanto, los empréstitos a largo plazo en dicha moneda sólo podían colocarse si sus condiciones resultaban más favorables para el suscriptor que las de los créditos pagaderos en oro o en moneda extranjera.
Hemos visto una de las razones por las que la compensación que nos ocupa puede amortiguar, pero nunca suprimir completamente, los efectos que sobre las respectivas prestaciones de las partes ejercen las variaciones de origen dinerario registradas por la relación monetaria. (Una segunda razón la examinaremos en la siguiente sección). Esa compensación que nos viene ocupando siempre se retrasa con respecto a los cambios del poder adquisitivo, pues no la producen las variaciones registradas por las existencias de dinero (en sentido amplio), sino que, al contrario, es consecuencia de los efectos —forzosamente posteriores— que dichas variaciones producen en la estructura general de los precios. Es sólo al final de una dilatada inflación cuando las cosas cambian. Al aparecer el pánico propio de la desarticulación del sistema monetario, al producirse el cataclismo económico (crack-up boom), no sólo hay alza desmesurada de todos los precios, sino también incremento no menos exagerado de la positiva compensación por variación de precios. Ningún interés bruto, por grande que sea, resulta bastante al potencial acreedor cuando piensa en las pérdidas que le irrogará la creciente baja del poder adquisitivo de la moneda. Deja de hacer préstamos y prefiere invertir su dinero en bienes «reales». El mercado crediticio se paraliza.
Footnotes
V. Irving Fisher, The Rate of Interest, Nueva York 1907, pp. 77 ss. [trad. esp.: La teoría del interés, Ediciones Aosta, Madrid 1999].↩︎