8. La movilidad del inversor
La limitada convertibilidad de los bienes de capital no liga para siempre al propietario de los mismos. El inversor puede libremente variar la inversión en que sus riquezas están materializadas. Si es capaz de prever el futuro estado del mercado con mayor precisión que los demás, podrá concentrarse en aquellas inversiones cuyo precio vaya a subir, evitando aquellas otras cuyo valor haya de descender.
Beneficios y pérdidas empresariales provienen de la inversión de factores de producción en específicos proyectos. Las especulaciones bursátiles y similares operaciones no mobiliarias determinan a quiénes afectan efectivamente esas pérdidas y ganancias. Se pretende trazar una separación tajante entre las actuaciones puramente especulativas y las verdaderas inversiones productivas. Pero la diferencia entre unas y otras es meramente de grado. No hay inversión alguna que no sea especulativa. La acción, en una economía cambiante, supone siempre especular. Las inversiones pueden resultar buenas o malas, pero siempre son especulativas. Una variación radical de las circunstancias puede, por ejemplo, transformar en funesta hasta la inversión normalmente más segura.
La especulación bursátil ni desvirtúa pasadas actuaciones ni modifica la limitada convertibilidad de los bienes de capital existentes. Pero sirve para impedir adicionales inversiones en industrias y empresas en que, según opinan los especuladores, sería una mala operación. Señala cómo se puede proseguir y respetar esa tendencia que prevalece en toda economía de mercado y que aspira, precisamente, a ampliar los negocios buenos y a restringir los malos. La bolsa, en tal sentido, se nos presenta como «el mercado», el centro focal de la economía, el mecanismo por excelencia que hace prevalecer en la conducta de los negocios los previstos deseos de los consumidores.
La movilidad del inversor se manifiesta en la erróneamente denominada huida del capital. El inversor puede apartarse de aquellas inversiones que considera inseguras, siempre y cuando esté dispuesto a soportar la correspondiente pérdida ya descontada por el mercado. Logra evitar las ulteriores pérdidas previstas, transfiriéndolas a gente menos perspicaz en la apreciación del futuro precio de las mercancías en cuestión. La huida de capital no detrae el mismo de los cometidos en que ya estaba invertido. Implica simplemente un cambio de propietario.
A este respecto, es indiferente que el capitalista «se evada» hacia otras inversiones nacionales o, por el contrario, busque colocación en el extranjero. Uno de los principales objetivos de la intervención de divisas es impedir esa huida al extranjero del capital. Pero con esa intervención sólo se consigue impedir que los propietarios de inversiones nacionales reduzcan sus pérdidas intercambiando a tiempo una inversión interior que consideran insegura por otra extranjera que les merece más confianza.
Cuando ciertas o todas las inversiones nacionales se ven amenazadas por confiscación parcial o total, el mercado descuenta esa desfavorable situación modificando convenientemente los precios de los bienes afectados. Ya es tarde entonces para recurrir a la huida y así evitar el daño. Sólo los inversores suficientemente perspicaces para adivinar el desastre que se avecina, mientras la mayor parte de la gente no se percata de su inminencia y gravedad, pueden salvarse con escasas pérdidas. Hagan lo que hagan capitalistas y empresarios, jamás lograrán transformar en móviles y transportables los bienes inconvertibles. Esta tesis suele admitirse generalmente en lo referente al capital fijo, pero se rechaza cuando se trata de capital circulante. Se afirma que el exportador puede vender mercancías en el extranjero y abstenerse de reimportar las divisas percibidas. Ahora bien, una empresa precisa perentoriamente de su capital circulante para funcionar. El hombre de negocios que exporta los fondos propios utilizados para la adquisición de materias primas, trabajo y demás elementos necesarios se verá obligado a reemplazar dichas sumas tomándolas prestadas. El grano de verdad de ese mito que proclama la movilidad del capital circulante estriba en que el inversor puede evitar pérdidas que amenacen a su capital circulante independientemente de que logre o no rehuir las de su capital fijo. Pero el proceso de huida de capitales es el mismo en ambos supuestos. Las inversiones en sí no varían; el capital invertido nunca emigra.
La huida de capital allende las fronteras presupone la buena disposición de los extranjeros a intercambiar sus inversiones por otras en el país de donde el capital huye. El inversor británico no puede abandonar sus inversiones en Gran Bretaña si no hay ningún extranjero dispuesto a comprárselas. De ahí resulta que la huida de capitales nunca puede provocar ese tan comentado saldo desfavorable de la balanza de pagos. Tampoco puede encarecer la cotización de las divisas extranjeras. Si muchos capitalistas —sean ingleses o extranjeros— desean desprenderse de sus valores mobiliarios británicos, la cotización de los mismos descenderá. Pero ello no puede influir en la relación de intercambio entre la libra esterlina y las demás divisas.
Lo mismo sucede con el capital invertido en dinero metálico. El poseedor de francos franceses que prevé las consecuencias que ha de provocar la política inflacionaria del gobierno galo puede, o bien «huir hacia valores reales», comprando mercancías, o bien proceder a la adquisición de divisas extranjeras. Pero en cualquier caso deberá encontrar alguien dispuesto a aceptar sus francos. Sólo podrá «huir» si hay gente con una idea más optimista que la suya acerca del futuro del signo monetario francés. Lo que eleva el precio de las mercancías y de las divisas extranjeras no es la conducta de quienes desean desprenderse de francos, sino la de aquellas personas que no están dispuestas a tomarlos si no es a un cambio bajo.
Los gobernantes dicen que cuando intervienen el comercio de divisas para evitar la evasión de capitales actúan en defensa de los supremos intereses nacionales. Pero el efecto que en realidad provocan con tales medidas es perjudicar a muchos sin beneficiar a nadie, y menos aún a ese fantasma que es la economía nacional. Si hay inflación en Francia, desde luego no beneficia a la república ni a ninguno de sus súbditos el que todas las consecuencias negativas de semejante política recaigan íntegramente sobre ciudadanos franceses. Algunos de éstos, vendiendo a extranjeros billetes o valores pagaderos en francos, indudablemente habrían logrado transferir a extraños parte de dichas pérdidas. El resultado provocado al impedir tales transacciones es el de empobrecer a algunos franceses sin enriquecer a ninguno. Es realmente difícil justificar, desde un punto de vista nacionalista, tal planteamiento.
La gente ve siempre algo deshonesto en la contratación bursátil. Si las cotizaciones suben, se acusa a los especuladores de timadores que se apropian de lo que en buena ley corresponde a otros. En cambio, cuando las cotizaciones bajan, se les acusa de derrochar la riqueza nacional. Las ganancias especulativas se consideran producto del robo o del hurto practicado a costa del resto de la nación. Y hasta se insinúa que son la causa de la pobreza de las masas. Se suele distinguir entre las turbias ganancias del intermediario y el beneficio del industrial, que no se limita a especular, sino que proporciona útiles mercancías a los consumidores. Hasta quienes escriben en periódicos financieros ignoran que las transacciones bursátiles no producen ni beneficio ni pérdida, sino que simplemente reflejan beneficios o quebrantos registrados por el comercio o la industria. Tales ganancias y pérdidas, originadas por el público al aprobar o recusar las inversiones efectuadas en el pasado, se hacen visibles en el mercado bursátil. El volumen dinerario de tales operaciones mobiliarias no afecta al público. Por el contrario, es la reacción de la gente ante el modo en que los inversores ordenaron la producción lo que determina los precios que el mercado de valores registra. En definitiva, es la actitud de los consumidores lo que hace que determinados valores suban, mientras otros bajan. Quienes ni ahorran ni invierten, tampoco ganan ni pierden por las fluctuaciones de la Bolsa. Este comercio sirve simplemente para indicar qué inversiones cosecharán beneficios y cuáles sufrirán pérdidas1.
Footnotes
La popular idea según la cual la Bolsa «absorbe» capital y dinero es objeto de crítico análisis y plena refutación por parte de F. Machlup, The Stock Market, Credit and Capital Formation, trad. de V. Smith, Londres 1940, pp. 6-153.↩︎