3. Los bienes de capital
Tan pronto quedan atendidas aquellas necesidades actuales cuya satisfacción se considera de valor superior a cualquier acopio para el futuro, la gente comienzan a ahorrar una parte de los bienes de consumo existentes con miras a disfrutarlos más tarde. Tal posposición del consumo permite a la acción humana apuntar hacia objetivos temporalmente más lejanos. Se puede entonces perseguir fines a los cuales antes no se podía aspirar, puesto que su consecución exigía ampliar el periodo de producción. Es posible, ahora, aplicar sistemas cuya productividad por unidad de inversión resulta mayor que la de otros métodos cuyo periodo de producción es más breve. El ahorro, o sea, la existencia de un excedente entre lo producido y lo consumido, es condición sine qua non para cualquier dilatación del periodo de producción. Ahorrar es el primer paso en el camino que conduce hacia todo bienestar material y al mismo hay que recurrir ineludiblemente para cualquier ulterior progreso.
El hombre pospondría el consumo y acumularía reservas de bienes de consumo destinados a futura utilización aun cuando a ello no le impulsara la superioridad técnica de los sistemas productivos de más dilatado periodo de producción. La superior productividad de esos métodos que exigen una mayor inversión temporal refuerza notablemente la tendencia al ahorro. El sacrificio que implica restringir el consumo en el inmediato futuro no sólo queda compensado por el ulterior disfrute de los bienes ahorrados, sino que además permite un suministro más amplio de esos mismos bienes o disponer de otros que, sin ese transitorio sacrificio, no hubiéramos podido tener. Si el hombre, en igualdad de circunstancias, no prefiriera sin excepción consumir más pronto a consumir más tarde, ahorraría siempre y nunca consumiría. El fenómeno de la preferencia temporal es precisamente lo que restringe el ahorro y la inversión.
Cuando la gente desea iniciar procesos productivos de más dilatado periodo de producción, tiene forzosamente que comenzar por acumular mediante el ahorro los bienes de consumo precisos para satisfacer durante el periodo de espera todas aquellas necesidades que considera más importantes que el incremento de bienestar que confían obtener de ese proceso que requiere un mayor consumo de tiempo. La acumulación del capital se inicia al almacenar bienes de consumo destinados a ulterior empleo. Cuando tales excedentes simplemente se acumulan, guardándose para posterior consumo, constituyen tan sólo meras riquezas o, más exactamente, reservas para épocas de carestía o situaciones de emergencia. Son bienes que quedan fuera del mundo de la producción. Se integran —en sentido económico, no en sentido físico— en la actividad productiva sólo cuando son aprovechados por los trabajadores dedicados a esos procesos que exigen un mayor lapso temporal. Así gastados, físicamente, son riquezas consumidas. Desde un punto de vista económico, sin embargo, no puede decirse que hayan desaparecido. Se han transformado, primero, en los productos intermedios del proceso que exige un periodo productivo más dilatado y, luego, en los bienes de consumo que son el fruto final del proceso en cuestión.
Todas estas actividades y operaciones vienen intelectualmente reguladas por los datos que brinda la contabilidad de capital en términos monetarios, la más perfecta manifestación del cálculo económico. Sin el auxilio del cálculo monetario, sería imposible saber si —con independencia del tiempo consumido— determinado sistema era de mayor o menor productividad que otro. Los costes de los diferentes métodos de producción no pueden compararse entre sí sin acudir a expresiones monetarias. La contabilidad de capitales se basa en los precios de mercado de los bienes de capital con que se cuenta para futuras producciones, denominándose capital a la suma formada por tales precios. En dicha contabilidad queda reflejado todo desembolso efectuado con cargo a esa suma, así como el precio de cuantos bienes se obtienen mediante esos desembolsos. Indica, por último, el efecto final irrogado al capital originario por todas esas variaciones, permitiendo conocer, de esta suerte, el éxito o el fracaso de la operación. Y no sólo informa de ese resultado final, pues también ilustra acerca del desarrollo de cada una de las etapas intermedias. Permite formular balances provisionales en cualquier ocasión en que puedan precisarse, así como cuentas de pérdidas y ganancias para cada momento o etapa del proceso. Es, desde luego, la imprescindible brújula que orienta la producción en la economía de mercado.
Porque la producción en la economía de mercado es un continuo e ininterrumpido quehacer subdividido en inmensa variedad de procesos parciales. Están en marcha al mismo tiempo innumerables operaciones, con distintos periodos de producción. Unas y otras se complementan compitiendo permanentemente entre sí por los siempre escasos factores de producción. Continuamente se están formando nuevos capitales o desaparecen los anteriormente acumulados por razón de su consumo. Las funciones productivas se distribuyen entre múltiples e individualizadas industrias, explotaciones agrícolas, talleres y empresas, cada una de las cuales se interesa tan sólo por limitados objetivos. Los productos intermedios o bienes de capital, los producidos factores de ulteriores producciones, pasan sucesivamente de unas manos a otras; van de factoría en factoría hasta que, por último, como bienes de consumo, llegan a poder de quienes efectivamente los consumen y disfrutan. El proceso social de producción no se detiene jamás. Innumerables operaciones se hallan en cada instante a la vez en marcha; unas están más cerca, otras más alejadas de sus respectivas metas.
Cada actuación en este ininterrumpido afán de producir riquezas se basa en el ahorro y el trabajo preparatorio practicados por pasadas generaciones. Somos los afortunados herederos de antepasados cuya actividad ahorrativa produjo esos bienes de capital que ahora explotamos. Seres privilegiados en la era de la electricidad, seguimos, sin embargo, derivando ventajas del originario ahorro acumulado por primitivos pescadores que, al fabricar las primeras redes y embarcaciones, estaban dedicando parte de su tiempo a trabajar para el aprovisionamiento de un futuro más remoto. Si los sucesores de aquellos legendarios pescadores hubieran dilapidado esos productos intermedios —redes y embarcaciones— sin reponerlos con otros nuevos, habrían consumido capital, obligando a recomenzar el proceso ahorrativo de acumulación. Somos más ricos que nuestros antepasados porque disponemos de los bienes de capital que ellos produjeron para nosotros1.
Al empresario, al hombre que actúa, sólo una cosa le interesa: aprovechar del mejor modo posible los medios de que dispone para atender las futuras necesidades. Ni interpreta ni enjuicia las situaciones con que tropieza. Se limita a ordenar los medios de producción y pondera su respectivo valor. Distingue tres clases de factores de producción: los materiales que la naturaleza proporciona; el humano, o sea, el trabajo; y los de capital, es decir, los factores intermedios producidos con anterioridad. No se preocupa por el origen ni la condición de estos últimos. Para él no son más que medios idóneos en orden a incrementar la productividad del trabajo. Sin ahondar más en el asunto, les atribuye capacidad productiva propia. Para nada le interesa retrotraer esa utilidad que en ellos ve a los factores naturales y al trabajo en ellos invertido con anterioridad. No quiere saber cómo llegaron a ser producidos. Le importan exclusivamente en tanto en cuanto pueden contribuir al éxito de sus esfuerzos.
Este modo de razonar puede excusarse en el hombre de negocios. Pero fue un grave error el que los economistas se contentaran con tan superficial análisis. Se equivocaron al considerar el «capital» como un factor de producción más, similar al trabajo y a los recursos de la naturaleza. Los bienes de capital —los factores de ulteriores producciones producidos en el pasado— no son un factor propio e independiente. Son el fruto de la cooperación de dos factores originarios —naturaleza y trabajo— empleados en el pasado. Carecen de capacidad productiva propia.
Tampoco conviene decir que los bienes de capital son meramente trabajo y factores naturales acumulados, pues en realidad son trabajo, factores naturales y tiempo unidos. La diferencia que existe entre producir con bienes de capital o sin ellos es puramente de orden temporal. Los factores de capital no son más que etapas intermedias en ese camino que se inicia al comenzar la producción y llega a su meta cuando se dispone de los bienes de consumo. Quien produce asistido de bienes de capital disfruta de ventaja con respecto a quien actúa sin tal auxilio. El primero está más cerca que el segundo de la meta ambicionada.
Es falso cuanto se dice de la supuesta productividad de los bienes de capital. La diferencia entre el precio de un bien de capital, por ejemplo una máquina, y la suma de los precios de los complementarios factores originarios de producción invertidos en la misma se debe exclusivamente a una circunstancia temporal. Quien se sirve de la máquina está más próximo que quien no la utiliza del objetivo que la producción persigue. El periodo de producción del primero es más corto que el de su competidor, que parte de la nada. Al comprar la máquina, el sujeto adquiere no sólo los factores originarios de producción necesarios para la construcción de la misma, sino también ese lapso temporal en que queda disminuido su periodo de producción.
El valor del tiempo, es decir, la preferencia temporal o la mayor estima que nos merece el atender más pronto las necesidades, es una circunstancia típica de la acción humana. Determina toda elección y toda acción. No hay quien deje de valorar el más pronto o más tarde. El elemento temporal es un factor que interviene en la formación de los precios de todas las mercancías y servicios.
Footnotes
Estas consideraciones refutan las objeciones formuladas por Frank H. Knight contra la teoría de la preferencia temporal en su artículo «Capital, Time and the Interest Rate», Economica, I, pp. 257-286.↩︎